lunes, 1 de mayo de 2017

OCURRIÓ una VEZ
«19 al 26 de Julio: Batalla de Guadalete»
Por Pilar Ferrando González
        
HACIA EL AÑO 710, LA PENÍNSULA Ibérica se encontraba ocupada casi en su totalidad por los visigodos, en una situación monárquica no hereditaria (monarquía lectiva) en la que los nobles eran los encargados de elegir al rey una vez fallecía el anterior. Este sistema sucesorio se complicaba aún más cuando no necesariamente debían elegir a un miembro de la familia del rey difunto. Lógicamente, una situación así era siempre motivo de levantamientos, asesinatos, insurrecciones y guerras civiles, circunstancias que fueron debilitando cada vez más la sociedad goda, tanto económica como militarmente. La caótica situación en que se desenvolvia la España visigoda coincide con el crecimiento ciertamente increíble del poderío musulmán, que, por estos años de comienzos del s. VIII, estaba predicando ya la palabra de Alá por tierras del Magreb, al otro lado del estrecho de Gibraltar.
       
La guerra civil que determinaría fatalmente la historia de la España visigoda fue la que desencadenó la rivalidad entre los sucesores de Vitiza y los partidarios de Rodrigo, duque de la Bética, en el 710, en uno de cuyos enfrentamientos pierde la vida vida el rey Vitiza. Los nobles deciden entonces nombrar rey al hijo mayor de este, Achila II, que solo contaba 10 años de edad. Pero esto no contentó al duque de la Bética. Por fin, tras sangrientas batallas, don Rodrigo se apodera del trono y Achila II se ve obligado a huir al norte del país.
       
El destronado rey Achila, contando con el apoyo de sus tíos Oppas y Sisberto, y el conde Julián, gobernador visigodo de Ceuta, recurre a los musulmanes en busca de ayuda con el fin de expulsar al rey Rodrigo del trono: con este gesto, y la posterior traición del gobernador ceutí, los mismos visigodos pusieron las llaves del dominio de toda España en manos de los musulmanes, quienes se apoderarán de ella y donde habrán de permanecer durante ocho siglos.
       
El conde Julián, con la esperanza de conseguir su ayuda, informa de la situación política y militar del reino visigodo a Muza, comandante jefe de las fuerzas musulmanas en el Norte de África, quien, poniendo en juego esos datos estratégicos, ordena al general Tarif que pase al otro lado del estrecho al mando de un pequeño ejército de 400 hombres y 100 caballos, estudiar la situación en la que se encontraba el reino visigodo.
     
Desembarcaron en Cádiz, concretamente en un punto costero al que dará el nombre de Tarifa. El éxito de Tarif fue arrollador, apenas encontró resistencia alguna, y volvió con una gran cantidad de objetos saqueados y muchos esclavos, tanto hombres como mujeres. Ante el éxito logrado, Muza recluta entonces a 7.000 hombres para regresar a la península con ayuda del conde, quien le proporciona cuatro naves para el traslado. El éxito de los musulmanes era innegable y siguió aumentado su ejército hasta llegar a los 13.000 soldados, la mayoría de ellos reclutados entre los bereberes.
    
Frente a esto, Rodrigo se ve obligado a actuar, pero no llega a tiempo debido a las sublevaciones de los vascones, que el rey hubo de apaciguar a duras penas, a pesar de lo cual el monarca consigue reunir a 40.000 hombres para luchar contra aquel ejército invasor. Aparentemente tenía suficientes soldados, pero las tropas godas se enfrentaban a unas hordas muy bien preparadas y, sobre todo, con una gran motivación y una idea en común, acabar con los infieles a Alá.
      
La batalla decisiva tendría su comienzo el 19 de julio del 711 y se prolongaría hasta el 26 del mismo mes, enfrentamiento que se conoce como la batalla del Guadalete, por el lugar donde tuvo su desarrollo; también se le llama batalla de la Janda, por haberse celebrado muy cerca de la laguna de ese nombre. Rodrigo, confiando en que todos los godos estaban unidos ante un enemigo extranjero común, cometió el error de dividir a su ejército, situando a los seguidores de Vitiza en los flancos y a sus soldados en el campo central. Y así, frente a frente, dos ejércitos: uno, el de las tropas reales, debilitado por razones ideológicas y víctima del cansancio que arrastraba tras la campaña del norte contra los vascones, y otro, un ejército de refresco, formado por hombres más duros, más aguerridos y más motivados.
       
Pero lo que marcaría la guerra sería la traición que tuvo lugar en medio de la batalla, cuando el ejército de los vitizianos, al mando de sus hermanos y el conde Julián, abandonan su emplazamiento y se unen al ejército musulmán, dejando completamente desconcertado y en menor número de soldados al rey, que ya ve el final de su reinado. El ejército bereber decide atacar al cuerpo central del ejército godo y consigue la victoria. De la suerte que corrió el rey no se tienen noticias fidedignas: se cree que huyó a la antigua Lusitania junto con sus seguidores más leales.
     
El 26 de julio de 711 termina, en fin, una batalla con la victoria musulmana después de siete días de sangrientas combates y miles de muertos. A partir de ese día, Muza no dudará en reclutar más soldados y no tardará en conquistar la península Ibérica casi en su totalidad para gloria de los musulmanes, en donde permanecerán hasta el 1 de enero de 1492, fecha que marca el inicio de una nueva etapa de la Historia de España.
                
PILAR FERRANDO GONZÁLEZ (Málaga, 1997) estudia 2.º curso de Grado en Maestro de Educación Primaria en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. © 2017 «Héroes de Viñeta» es una publicación de «GIBRALFARO.uma.es», revista digital que edita el Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte de la Universidad de Málaga.


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