domingo, 30 de octubre de 2016

«Juana»
Por Juan de Dios Villanueva Roa

ERA ALGO RUTINARIO

Era algo rutinario. Ir a la consulta de Pedro cada tres meses se había convertido en una costumbre. A la salida pararía en la cafetería de la esquina, donde tuvo que entrar aquel ya lejano día, y tomaría una infusión, lentamente, dejando que el líquido calentase el labio superior, casi quemando, dando pequeños sorbos con la mirada perdida en el estante de enfrente. Allí, durante unos minutos, se relajaría. Otra vez más. Hasta dentro de tres meses. Un euro y veinte céntimos ¡Cómo se habían aprovechado de las circunstancias! La primera infusión que tomó le había costado ciento veinticinco pesetas. Hacía ya más de dos años de aquella tarde. Fue una tila. Estaba muy nerviosa. No debí venir sola. Estas cosas, en compañía, se pasan mejor, pero mi madre está mayor y cada día le cuesta más entender que la vida puede ser algo más que lo que Dios quiera, aunque yo cada día veo a Dios un poco más cerca, claro que el mío no es seguramente el mismo Dios que el de mi madre. Yo le exijo, le demando, le pregunto, le cuestiono. Por qué a mí, por qué ahora, por qué… Siempre me quedo esperando algo que tal vez algún día llegue, una simple respuesta. Mi amiga María me dice que a otros les tocan los ciegos, la lotería, o que mire para otro lado. Peor hubiese sido que le hubiese tocado a una hija. Y yo qué sé. Yo no tengo ninguna hija, ni la tendré jamás. Eso sí está claro. Mi descendencia seré yo misma, al menos durante el tiempo que pueda pasar por estas calles, entrar en esta cafetería, aunque me cobren la infusión a dos euros. ¡Ya querré yo pagarlos!
[...]


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