sábado, 23 de julio de 2016



GIBRALFARO. La REVISTA
PAISAJES INTERIORES (III)
«LA CANÍBAL DETRÁS DE LAS MURALLAS: ASCENSO Y CATÁBASIS»
Por Manuel Lozano
  
  
LA CANÍBAL DETRÁS DE LAS MURALLAS:
ASCENSO Y CATÁBASIS (II)
  
  
«...por un conocimiento admirable que yo no sabré decir...»
SANTA TERESA, Moradas del Castillo Interior
  
  
¿Cómo entra en la fiesta la caníbal? ¿Cómo entra en el festín esta caníbal? ¿A través de qué pliegues, de qué puertas, de qué último intersticio?

Como en un Canto de Alabanza, ubicuo pero a la vez insondable en el tiempo, la caníbal se regocija tanto de sus fastos como de sus desechos. Alrededor y por dentro, mastica hasta deglutirse desde la piel a sus vísceras. Con cada fragmento de sí —con cada sorbo de su extrañamiento— preparará una fiesta. Con los desechos y con el esplendor, se tatúa. «...Solamente que no comas su sangre; sobre la tierra la derramarás como agua», leemos en Deuteronomio 15, 23.
  
  
LLEGADA DE LOS INVITADOS
  
Y hace ya tiempo, demasiado tiempo que me escapé de la mano que trazaba mi fidelidad a un camino —que creía trazarlo—, y era ella misma un trazo terriblemente grave, asombroso, no menos lúcido que “las atroces divinidades de la tierra”, de Gustav Meyrink, un rostro envejecido por el día o la visión del hielo sobre las aguas de Virginia Woolf.
  
¿Cómo escribe la poiésis su biografía ficcional de eterna desterrada (mascarilla de supliciante) en la cueva? ¿Qué ilusoria fatalidad la lleva a concebir este mundo? Cuando mi mano dibuja la letra, está fundando un orbe: se recrea, solo al principio, la irrevocable voluntad del “es”, la primera pregunta sobre el deseo y su presencia. Después vendrán las aguas, mucho después.
  
El universo concentrado en el dibujo empieza por acecharnos: es decir, el irisado desdoblamiento desde la materia a la materia, errátil, primordialmente ávido por autoconocerse, por desplegar su condición caníbal, hunde sus uñas en la creación del cuerpo.
  
Desde la más antigua sumersión, me asombró el hambre de las palabras, esa hambre húmeda, tensionada, ligada a la omnipresencia de la ferocidad. ¿Pero qué idioma, Bizancio, me llevará a concebir la palabra inocente?
  
(Diario, New York, mayo de 1994).
  
  
Desde ese mismo instante inaugural, la ficcionalidad de las metamorfosis del mundo abrirá incontables caminos al simulacro de lo irreal. Los griegos hablaban de tháumata, los romanos de mirabilia. La escritura, entonces como largo laberinto de intensidades, muestra su corazón doble: tiempo y memoria en duelo circular, memoria y tiempo traicionándose insobornablemente hasta el error, hasta la apoteosis del error: el crimen.
  
«¿Quién?
¿Quién el errante que salga de mí,
cayendo en los barrancos del mundo
aún antes de haber llegado a su casa?
La perdida corona en el parque, la pérdida
haciendo sombra a todo el abandono
en los lagares de abandono antiquísimo
son ahora guijarros de universo.»
  
(De “La temida verdad del hombre músico”).*


  
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