miércoles, 13 de abril de 2016



NARRATIVA BREVE (III)
«El principito que tenía sueño»
Por Andrea Felipe Morales
  
HABÍA UNA VEZ, hace mucho, mucho tiempo, un principito que era el terremoto de su castillo. Surcaba el mar de escaleras con los escudos de las armaduras de sus antepasados, no paraba de corretear por los largos pasillos y revoloteaba en el jardín con cada uno de los animalillos que se cruzaban por su paso. A pesar de que era tremendo, era un encanto de niño y todos le apreciaban por su carácter cariñoso y jovial.
  
Una mañana de verano, los reyes tuvieron que ir a atender un asunto de vital importancia en el otro extremo del reino y no regresarían hasta el anochecer del día siguiente. El pequeño príncipe Aarón despidió a sus padres, pensando que se quedaba a cargo del castillo, aunque lo cierto era que el rey había dejado aquella responsabilidad a su fiel consejero.
  
Esa noche, el principito revisó que todo estuviera en orden en el castillo: se aseguró de que las tareas estuviesen terminadas, examinó todos los papeles del escritorio de su padre —sin entender ninguno— y comprobó que las puertas y ventanas estuvieran bien cerradas. Fue un trabajo muy duro y acabó agotado. Había llegado el bien merecido momento de irse a dormir. Cogió su conejito de peluche favorito y lo abrazó con fuerza, colocó muy bien la cabeza en su almohada de plumas de oca, bostezó muy sonoramente, cerró los ojitos, sonrió satisfecho de su trabajo y...

Toc - toc – toc

—Pero, ¿quién será a estas horas? —pensó el principito en voz alta. Bajó de la cama, se puso las zapatillas, recorrió el largo pasillo, bajó las interminables escaleras y abrió la enorme puerta de madera chirriante.
  
—Holaaa, holaaa, ¿quién ha llamado? —dijo extrañado al no ver a nadie.

—He llamado yo, alteza —respondió tímidamente una pequeña y preciosa mariposa de mil colores.

—Ah, buenas noches, mariposa. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

—Yo, es que... he tenido una pesadilla y no puedo volverme a dormir. Me tiemblan las alas. Creo que necesito un besito de príncipe —respondió tímidamente la mariposa.

—¡Eso es muy fácil! —exclamó sonriente el muchacho. Le tendió la palma de la mano para que se posase en ella y la acercó lentamente hasta su ojo, para darle un suave besito con las pestañas en las alas temblorosas.

—Ummm, me está entrando mucho sueño. Qué bien. Muchas gracias, príncipe Aarón. Me voy a dormir a mi flor y a tener dulces sueños. —Y se fue volando feliz y veloz.

—Estupendo, ahora me voy yo también a dormir.

El principito subió de nuevo a su dormitorio, se metió en la cama, abrazó su peluche, se acomodó en la almohada, bostezó aún más fuerte que antes, cerró los ojos, sonrió contento por haber podido ayudar él solito a la mariposa, y, cuando estaba a punto de dormirse de nuevo,
  
Toc - toc – toc
  
—¡Otra vez!, ¿quién será ahora? —exclamó el principito. Bajó de la cama por segunda vez, se puso las zapatillas de nuevo, recorrió el larguísimo pasillo, bajó las inacabables escaleras otra vez y abrió la gran puerta de madera, que volvió a chirriar.

—Buenas noches, alteza —dijo con voz ronca un enorme dragón de escamas rojas y verdes, mientras el principito le miraba asombrado y algo temeroso porque nunca había visto tan de cerca un dragón.

—Buenas noches, señor dragón, ¿en qué puedo ayudarle? —respondió el príncipe Aarón con voz educada pero temblorosa.

—No puedo dormir porque estoy muy preocupado. Hace más de una semana que al rugir no sale fuego de mi boca y el doctor me ha recetado gárgaras de agua caliente con miel y eucalipto y un abrazo de príncipe. He estado haciendo las gárgaras pero...

—Entendido. ¡Pues aquí va el abrazo que te falta para curarte! —y le dio el abrazo más fuerte que pudo con sus tiernos brazos.

—Mil gracias, príncipe Aarón, ummmmm, me voy a mi cueva, por fin dormiré tranquilo esta noche —dijo el dragón mientras comenzaba a batir sus enormes alas, iluminando la oscura noche con sus rugidos de fuego.
  
[...]
   


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