jueves, 7 de abril de 2016



NARRATIVA BREVE (II)
«Huellas sin memoria»
Por Eduardo Ruiz Hernández

HAY DÍAS EN que no recuerdo quién soy, de tal modo que debo investigar mi personalidad completa, sobre todo por el hecho práctico de que debo saber cuáles son mis costumbres y gustos. Puedo soportar desconocer mi nombre, por poner un ejemplo, pero no si me gusta la leche o si un filete de ternera me sienta bien o no. También debo escribir en un papel si puedo beber whisky o conformarme con un sorbete de melón; si no encuentro este papel, me arriesgo a beberme una cerveza y caer sin conciencia, y el pánico de lo desconocido me obliga a no salir de la casa.
  
Otras veces, no recuerdo cómo están los muebles, ni qué se guarda en cada uno de ellos. Este hecho no me asusta, porque siendo un positivista, lo único necesario es dejarse en manos del tiempo y escribir un escrupuloso inventario del desorden depresivo de mis cajones. Procuro trazar croquis y listas, pero lo más común es que estos valiosos documentos se extravíen en un exceso de preocupación, y, cuando los encuentro al fin, hayan transcurrido cuatro o cinco inventarios, numerosos desórdenes y esa magnífica abundancia de imprevistos.
  
Otras veces, no recuerdo a quién conozco. Este olvido me resulta sumamente incómodo, porque abrazar a tu exmujer tiene un pase (me ocurrió dos veces, siempre acompañada ella de su flamante novio), pero besar al tipo que te echó hace tres años, mientras le insistes en que hay que tomarse unas copas y recordar el colegio, sobrepasa con mucho la vergüenza. En esos casos, procuro no moverme del barrio, me camuflo en unas espesas gafas de sol aun en el más oscuro de los días, y pongo todo tipo de pretextos relacionados con un trabajo y otra cita que invariablemente se desvanece.
  
En todos los casos, me siento un tipo vulgar, y en vano conjuro el asco de mil formas. Lo mejor, me digo, es dormir, pero esta hora es la más negra de todas. Me impulso como a fuerza de músculos en la más horrenda amalgama de inmortalidades y secuencias humanas, soy todos y todas, claro que no a la vez, y lo único que no he sido, hablando de memoria poco fiable, es mexicano y boxeador.
  
Los psiquiatras dicen que todo es producto de la angustia (no tengo trabajo estable, mi mujer me abandonó a los dos años de casarnos), y que debo insistir en los recuerdos de infancia, en establecer una cuidadosa ilación con los tiempos vividos, asumiendo mis diferentes fases con desinhibición. También me recomiendan que active mi vida sexual, y hasta que deje de ser tan pudoroso. Pero la eternidad me visita al menor descuido: soy un comerciante de paños en Rodas, soy un normando, soy la prostituta de Astarté o la amante de un oficial serbio de la Segunda Guerra Mundial, soy un hombre que corre perseguido por perros y negreros, soy un alcohólico de Louisiana cortejando a la hija de un médico, y un copríncipe de Andorra, no sé si el obispo de la Seo de Urgel o el presidente de la República francesa.
[...]



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