viernes, 4 de marzo de 2016

PERSONAJES en su HISTORIA
«Adolfo Sánchez Vázquez»
Por José Antonio Molero

CUANDO EN ABRIL de 1931 se proclama la Segunda República, las Ciencias y las Artes gozaban en España de una Edad de Plata que había colocado a nuestro país en un lugar destacado de la cultura europea de comienzos de siglo. Una vez concluye en 1939 el conflicto civil, nuestros saberes sufren el desarraigo, el exilio, la diáspora, acabando con esa privilegiada posición de España en la cultura de la época. La egregia nómina de personalidades exiliadas se nos antoja interminable. Junto a doctos maestros de las Letras: Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Juan Gil Albert, Jorge Guillen, León Felipe, José Bergamín, Emilio Prados, Max Aub, León Felipe, Rafael Alberti y Luis Cernuda; abandonaron también el terreno patrio tres de nuestros cuatro premios Nobel: Juan Ramón, Severo Ochoa y Vicente Aleixandre; lo más granado de la nuestras Ciencias: Severo Ochoa, Josep Trueta, Óscar de Buen, Francisco Giral, Rafael Méndez y Anselmo Carretero; la Música: Manuel de Falla, Pau Casals y Rodolfo Halffter; la Pintura: Antonio Rodríguez Luna, Ramón Gaya; y la Filosofía: José Gaos, Eugenio Ímaz, Ferrater Mora, García Bacca, María Zambrano, Joaquim Xirau, Eduardo Nicol, Wenceslao Roces, Manuel Granell, Luis Farré y Adolfo Sánchez Vázquez; y entre ellos, el 85 por ciento de los profesores universitarios de España, con once rectores a la cabeza. Ya fuera, los exiliados continuaron sus trabajos de creación y estudio fuera de España sin menguar en nada su capacidad innovadora, tal que la España que se hacía fuera era más relevante que la que se hacía dentro. Reacio a cualquier injerencia externa, el nuevo régimen condenaba la obra de los exiliados y prohibía su lectura; así, durante años, se produjo una cultura española fuera que era totalmente desconocida dentro de España, como es el caso de nuestro biografiado de este número, Adolfo Sánchez Vázquez, ya citado antes; un nombre tal vez desconocido para la mayoría de los pocos españoles atentos a estos menesteres, un componente de esa diáspora republicana, un miembro de esa cultura española que, sin renunciar a sus raíces, anduvo desperdigada por el mundo.

NIÑEZ Y ADOLESCENCIA

        Adolfo Sánchez Vázquez nace en la localidad gaditana de Algeciras, el 17 de septiembre de 1915, hijo de Benedicto Sánchez Calderón, salmantino de origen y teniente del Cuerpo de Carabineros, y de María Remedios Vázquez, de San Roque, Cádiz. El matrimonio tiene otros dos hijos, Ángela y Gonzalo. Sus primeros años de vida los pasa en esa localidad, hasta que, en 1923, por motivos profesionales del padre, la familia traslada su residencia a El Escorial y, posteriormente, en 1925, el padre es destinado a Málaga.

        En Málaga fueron distintos los barrios en los que vive; primero, la familia ocupa una vivienda en la calle Blas Palomo, en El Palo; luego, en Compás de la Victoria, y, posteriormente, en Pedregalejo. Durante su estancia en El Escorial, el pequeño Suárez Vázquez había podido cursar dos años de Primaria, pero es en la Escuela Unitaria de El Palo donde, por las razones ya expresas, va a culminar su educación. En 1927, inicia los estudios de Bachillerato como “alumno libre” en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza, el único que existía en la Málaga de entonces. Adolfo elige Bachillerato de Letras, que termina en 1931.

        La vocación, pues, por las letras del joven Adolfo, tanto por la poesía como el periodismo, se manifiesta en él desde un primer momento. Y así, en esa Málaga de los años veinte y treinta, reconocida de todos una de las capitales de la poesía española y a la cabeza de las tendencias artísticas de vanguardia; en esa Málaga de las revistas Ambos Litoral, de Manuel Altolaguirre y Esteban Salazar Chapela, pero sobre todo, de Emilio Prados y Juan Rejano, es donde el adolescente Sánchez Vázquez va a iniciarse como escritor que muy pronto intervendrá activamente en la lucha política.

SENTENCIA

     Si el árbol de la sangre se secara
y el corazón, ya seco y sin latido,
fuera polvo total, norte abolido
que nadie en este mundo recordara;

     si el alma sin soporte se quedara
y la tierra, materia del olvido,
de muertos se cubriera y lo podrido
en un bosque de heridas germinara;

     si el crimen no tuviera más oficio
que escarbar en la tierra desolada
para dejar al mundo su simiente,

     la dulce brisa, el leve precipicio
tornaríanse, al fin, en cuchillada

o en abismo mortal para tu frente.


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