jueves, 10 de marzo de 2016

CRÍTICA LITERARIA
«Borges, personaje narrador de Borges»
Por Antonio García Velasco
      
releer, leer a Jorge Luis Borges es siempre grato y, si no lo recordabas o lo descubres por primera vez, sorprendente. Tengo el libro Ficciones, publicado por Alianza Editorial, fechado —cuando acostumbraba a poner fecha de compra a los libros— en febrero de 1972. La edición de Alianza es de 1971 y la correspondiente a Emecé Editores (Buenos Aires) es de 1956. En realidad, el volumen incluye dos libros breves, el de 1941, “El jardín de senderos que se bifurcan” y “Artificios”, de 1944. Los prólogos son del propio Borges. El primero data en Buenos Aires, 10 de noviembre de 1941 y el segundo, también en la capital argentina, el 29 de agosto de 1944.
     
Tomo, pues, Ficciones de mi biblioteca, lo abro al azar y releo, entre otros, el relato titulado La forma de la espada, de “Artificios”. Comienza, precisamente, describiendo la marca de una espada en la cara de su personaje: «Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo». Como fórmula de inicio, ya resulta insólita: nos habla de un personaje del que sólo presenta la horrenda cicatriz de su cara, sin más preámbulos. Después vendrá su nombre —el verdadero no importa, dice—, por el que se lo conoce en Tacuarembó, donde vive en la actualidad. Allí todos le decían el Inglés de La Colorada. Su procedencia y actividad anterior sólo se conocen como rumores. «…no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista». Consigue los campos de Cardoso y, para corregir las deficiencias de los mismos, el Inglés trabajó a la par que sus peones, con una severidad que llegaba hasta la crueldad, aunque «era escrupulosamente justo».
      
El personaje narrador que llega a la zona nos van dando los datos sobre lo que se dice del personaje: que era bebedor, que a veces se encerraba en el cuarto del mirador y no aparecía hasta los dos o tres días y «como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes». Después, ya relata el encuentro con el Inglés: «Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris». Nos va ofreciendo su retrato cabal, cuya primera pincelada constituye la ya referida primera oración del relato. Por ello, también nos dice que su español era rudimental, abrasilerado y, para acentuar su soledad, que no recibía correspondencia salvo algún folleto o alguna carta comercial.
     
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