jueves, 4 de febrero de 2016

NARRATIVA BREVE (III)
«El Don Nadie»
Por Francisco Martínez Hoyos

LA RABIA TE carcomía, Simón. Habías perdido Puerto Cabello y te veías suplicante ante el general Miranda. El poderoso Bolívar, por más que sus ancestros hubieran llegado a Venezuela hacía siglos, desde su remoto solar en las provincias vascas, se humillaba ante el hijo de un vulgar tendero. Sí, toda esa literatura buenista de los ilustrados aseguraba que los hombres nacen iguales en derechos, pero ninguno de esos doctrinarios acertaba a distinguir entre un principio abstracto y su aplicación a un lugar, a un tiempo concreto, entre gentes con nombres apellidos que eran seres humanos, hechos del mismo barro que Caín, y no una corte de ángeles seráficos sin más inquietud que el bienestar de la patria. El resultado de tanto desvarío filosófico había quedado dolosamente a la vista de todos: los patriotas no habían conseguido más que configurar repúblicas aéreas, monstruos de gran cabeza y débil cuerpo, que, aun después de liberarse de los pérfidos españoles, se movían como criaturas torpes en el barro de la desunión civil, la corrupción y las militaradas.
Una vez dijiste que quien sirve a una revolución ara en el mar. Fue, sin duda, en uno de esos en días en los que te poseía el optimismo.
        Tu padre te había hablado de aquel advenedizo en tu niñez, ese tiempo feliz en el que matabas alguno de tus infinitos esclavos por capricho, por pura efusión de malignidad, según aseguraban las malas lenguas o los plumillas a sueldo del Rey por unas pocas monedas, que, en nuestra América, los aprendices de Heródoto o de Virgilio se vendieron siempre muy baratos. Juan Vicente, con otros mantuanos, había formado la Compañía de Nobles Aventureros para servir al Rey, aunque en Caracas todos creían que se dedicaban, entre el humo de sus cigarros, a hablar de política hasta bien entrada la noche, para después salir a la caza de alguna Venus negra entre su servidumbre. La milicia, te repetía una y otra vez tu progenitor, constituía la antesala de la nobleza, de ese título de Castilla, el marquesado de San Luis, en el que tanta tinta había gastado emborronando memoriales. Su concesión debía marcar el pináculo de vuestro linaje, para envidia de los Ustáriz, los Ponte y otros encopetados. Por eso no se podía tolerar que un vulgar comerciante, ese Sebastián de Miranda de turbios orígenes, tan ambicioso como para atreverse a ser igual que las gentes honradas, tuviera el atrevimiento de ostentar el bastón de capitán de milicias por mucho que Su Majestad, el buen rey Carlos III, le hubiera otorgado, por una generosidad mal entendida, esa distinción.
[...]
                                                      

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