jueves, 21 de enero de 2016

NARRATIVA BREVE (II)
«Deja que los perros ladren»
Por Kepa Uriberri

TAL VEZ FUE a mi madre a quien le escuché por primera vez la frase: «Deja que los perros ladren». No recuerdo cuándo, ni en qué circunstancias, por lo que imagino que la frase ha de ser ancestral. Pero lo imagino, más que por mi falta de memoria, porque la idea es atávica. Creo que crecí oyendo ladrar a los perros. Aún los oigo y los dejo. ¿Y qué hacer si no?
        Hay sonidos que uno siempre oía, que uno creía que siempre escucharía y, sin embargo, se fueron extinguiendo, sin darnos cuenta, de nuestra rutina. De niño, escuchaba, mientras estaba a punto de quedarme dormido, en las siestas de las cuatro, el motor de los aviones pequeños que pasaban sobre la casa, hacia el nororiente, remontando el curso del río, hacia El Castillo.
         También, de tanto en tanto, en alguna lejanía indefinible, cantaba un gallo, o se oía el persistente golpear de algún martillo en alguna faena vecina. Y por supuesto el ladrido incesante de un perro. Ese es el sabor a añejo, a antiguo, a ancestral de la frase, porque de todos los sonidos de la tarde, junto al del canto del gallo que hoy en día ya casi se ha extinguido, es de seguro el que escucharon también, a la hora de la siesta, mis abuelos y sus abuelos, a las cuatro de la tarde de su niñez: «Deja que los perros ladren».
[...]
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