lunes, 4 de enero de 2016

MOMENTOS de la HISTORIA
«Victor Hugo y Notre-Dame de Paris»
Por Pedro J. Navacués Palacio

LA MÁS CELEBRE novela del romanticismo debida a Victor Hugo, “Notre-Dame de París”, fue publicada en 1831, y en ella, además del conocido argumento literario en torno a la bella Esmeralda y al deforme Quasimodo, se perciben las primeras críticas serias a la acción del tiempo, pero, sobre todo, a la de los hombres, sobre los nobles monumentos de otras épocas: «Tempus edax, homo edacior», que el escritor reconoce traducir muy libremente como «El tiempo es ciego; el hombre, estúpido». Con esta corrosiva sentencia como telón de fondo, el escritor francés incluye en su novela un capítulo entero dedicado a la arquitectura de la catedral de París que habitualmente pasa desapercibido para el lector medio, más interesado por el atractivo de la delicada gitana, del jorobado campanero, de Frollo, Gringoire o de la anónima multitud que llena todos los huecos posibles de aquella escena humana, magistralmente concebida por el inmortal escritor.
  
La incomprensión revolucionaria
  
        Sin embargo, aquel capítulo, que podría haberse eliminado sin sufrir merma el interés literario de la obra, pues ningún personaje actúa ni ningún escenario concreto describe, es una de las más tempranas y sentidas defensas de la arquitectura medieval, más allá del mero esteticismo espiritual a lo Chateaubriand. La actitud de Victor Hugo es radicalmente distinta y moderna, pues le interesaba tanto la concreta belleza de Notre-Dame de París como su realidad histórica, sus cicatrices y conservación.
  
        A nuestro poeta le preocupaban las actuaciones llevadas a cabo sobre la noble catedral que, según las palabras iniciales del prefacio, visitaba frecuentemente «con propósito de estudio», poniéndose de manifiesto desde el comienzo una actitud beligerante frente a la incomprensión del arte medieval. Así, en la primera página, critica la pintura dada al edificio (se había blanqueado enteramente en 1804, con motivo de la coronación de Napoleón) y censura el raspado de los muros «porque, de esta manera, se afean desde hace más de doscientos años las maravillosas iglesias de la Edad Media», experimentando «mutilaciones en todas partes, por dentro y por fuera. El sacerdote las embadurna, el arquitecto las rasca y el pueblo, finalmente, las derriba», como había sucedido durante el periodo revolucionario.

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