viernes, 29 de enero de 2016



ECOS de TEATINOS
«Ruiz Noguera ingresa en la Academia de San Telmo»
NOTICIAS.uma.es, 29 de enero de 2017

Málaga, Jueves 28 de Enero de 2016

EL POETA Y profesor de la UMA ingresa como académico de San Telmo con un discurso sobre la poesía de Alfonso Canales, y dice sentirse "muy honrado" de formar parte de esta prestigiosa y respetable institución.

        El poeta, catedrático y profesor de Lingüística de la Universidad de Málaga Francisco Ruiz Noguera ingresó anoche como académico de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, en un entrañable acto, en el que estuvo arropado por amigos, familiares y lo más granado de la cultura y la vida literaria malagueña.

        En su discurso de ingreso, titulado “Vida y cultura en la poesía de Alfonso Canales”, el nuevo académico ensalzó la figura y la obra del poeta malagueño, que fuera presidente de San Telmo y al que definió como «uno de los grandes poetas del siglo XX, de relevancia fundamental en la segunda generación española de posguerra».

        Con un repaso desde los inicios literarios de Canales hasta sus postrimerías como escritor, Ruiz Noguera informó a los presentes de que primero descubrió la voz del poeta Alfonso Canales «y luego conoció su persona», un hombre con «una fuerte presencia de lo cultural trenzado con lo vital y poseedor de un culturalismo no impostado». En su intervención, el nuevo académico se declaró muy honrado con su ingreso en San Telmo, «por formar parte de esta centenaria, prestigiosa, respetable y respetada institución».

        Presentes en el Salón de los Espejos del Ayuntamiento estaban, entre otros, el presidente de la Real Academia de Bellas Artes, el artista y abogado José Manuel Cabra de Luna, quien destacó del recién nombrado académico «una doble virtud, ya que por un lado enseña lo que sabe y por otro, explora el buen saber a través de una obra de alto voltaje lírico».

        Lo acompañaron también el vicerrector de Política Institucional de la Universidad de Málaga, Juan Antonio García Galindo (en representación del rector), varios profesores de la UMA, miembros de San Telmo —entre ellos Marion Reder, Rosario Camacho, Pedro Rodríguez Oliva, Antonio Garrido Moraga—, la poetisa y honoris causa de esta Universidad María Victoria Atencia, escritores como Guillermo Busutil, arquitectos y distintos representantes de sectores malagueños ligados a la Cultura.

        Francisco Ruiz Noguera (Frigiliana, 1951) es doctor en Filología Hispánica, profesor titular de Lingüística Aplicada en la Universidad de Málaga y dirige la Cátedra María Zambrano de esta institución académica. Recientemente se convirtió en el primer autor malagueño en ganar el Premio Internacional de Poesía Generación del 27, por su obra ‘La gruta y la luz’.

        Autor de numerosos libros, ha recibido los premios de poesía Ricardo Molina, Antonio Machado, Vicente Núñez, Juan Ramón Jiménez y Generación del 27, así como una beca a la creación literaria del Ministerio de Cultura y distintos premios de artículos periodísticos.

        Entre las recopilaciones de su obra, están las antologías “Memoria”, ‘Materia griega’ y ‘Ventanas interiores’. Su obra figura en diversas antologías de poesía española y ha sido traducida a varias lenguas. Ha publicado numerosos trabajos sobre poesía española, entre ellos, los libros “Antología de la poesía medieval española (1995), “La poesía visual” (1998), “Frontera Sur: antología de jóvenes poetas malagueños” (2007), “Retraducir: una nueva mirada” (2007, en colaboración con J. J. Zaro) o “La dolce vita: poesía y cine (2010), entre otros.

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NOTICIAS.uma.es © «Suplementos GIBRALFARO» es una publicación de «GIBRALFARO.uma.es», revista digital que edita el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Málaga y que colaboran en su redacción los alumnos y amigos nuestros.

jueves, 21 de enero de 2016

NARRATIVA BREVE (II)
«Deja que los perros ladren»
Por Kepa Uriberri

TAL VEZ FUE a mi madre a quien le escuché por primera vez la frase: «Deja que los perros ladren». No recuerdo cuándo, ni en qué circunstancias, por lo que imagino que la frase ha de ser ancestral. Pero lo imagino, más que por mi falta de memoria, porque la idea es atávica. Creo que crecí oyendo ladrar a los perros. Aún los oigo y los dejo. ¿Y qué hacer si no?
        Hay sonidos que uno siempre oía, que uno creía que siempre escucharía y, sin embargo, se fueron extinguiendo, sin darnos cuenta, de nuestra rutina. De niño, escuchaba, mientras estaba a punto de quedarme dormido, en las siestas de las cuatro, el motor de los aviones pequeños que pasaban sobre la casa, hacia el nororiente, remontando el curso del río, hacia El Castillo.
         También, de tanto en tanto, en alguna lejanía indefinible, cantaba un gallo, o se oía el persistente golpear de algún martillo en alguna faena vecina. Y por supuesto el ladrido incesante de un perro. Ese es el sabor a añejo, a antiguo, a ancestral de la frase, porque de todos los sonidos de la tarde, junto al del canto del gallo que hoy en día ya casi se ha extinguido, es de seguro el que escucharon también, a la hora de la siesta, mis abuelos y sus abuelos, a las cuatro de la tarde de su niñez: «Deja que los perros ladren».
[...]
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domingo, 17 de enero de 2016

NARRATIVA BREVE (I)
«Alegato de un puñal»
Por Enrique J. Martínez Llenas

LOS LECTORES DE Jorge Luis Borges seguramente me conocerán. Soy el protagonista de un breve y apasionante relato titulado “Un puñal”; en el cual, el escritor detalla acontecimientos de mi pasado, y presagia para mí un futuro tan poco halagüeño como el de permanecer arrumbado, inútil, en un olvidado cajón. A dichos lectores, y a quienes lean dicho cuento en el futuro, va dirigido este breve alegato, que intenta mejorar la pobre imagen que de mí se puedan haber formado a través del mencionado texto.
         En la primera línea, Borges, presentándome, dice: «En un cajón hay un puñal», lo que, en términos de ubicación, es correcto. Pero no soy un puñal cualquiera. Borges me conoce muy bien por haberme recibido en herencia de su padre, que me trajo de Uruguay luego de que su amigo Lafinur me entregara como obsequio. También Evaristo Carriego, comenta Borges, dejó la huella de sus manos en mí.
[…]

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domingo, 10 de enero de 2016

MITOS y LEYENDAS
«El Reloj de la Desgracia»
Por Esther María Sánchez Padilla

AL TIEMPO DE concluir la redacción en que os refería la extraordinaria historia que se cuenta en Antequera sobre la imagen de la Virgen de los Remedios**, me ha venido a la memoria otro hecho que estoy segura va acaparar vuestro interés por lo que tiene de enigmático y sorprendente.
        Cada vez que lo evoco, un escalofrío me corre de arriba abajo todo el cuerpo. Nos lo contó hace ya algunos años un vecino nuestro que había venido a pasar unos días a Antequera. Aunque el hombre no había nacido aquí, la casa que habitaba era de su propiedad por herencia familiar, y en ella, por lo que no refirió en varias ocasiones, había vivido las temporadas que pasó durante la infancia, cuando venía en compañía de sus padres.
       Todo surgió de forma casual. En una de las ocasiones en que mi familia fue a hacerle una visita, a una prima mía se le ocurrió comentar la extrañeza con que se le había extraviado su reloj de pulsera; no se explicaba cómo había podido perderlo sin darse cuenta.
        Como movido por un resorte, nuestro anfitrión interrumpe la cordial conversación que sostenía con mi padre y, dirigiéndose al grupo de chicas, hace un breve comentario relacionado con lo sorprendente de las circunstancias que pueden rodear algunos hechos, para preguntarnos de seguido si nos gustaría oír un cuento sobre un reloj, sobre un reiterado, monótono y persistente tictac que nadie desearía oír jamás en su vida.
        Aseguraba el hombre habérselo oído narrar a una persona que, por su vinculación con la familia a la que había acontecido el fenómeno, merecía de su parte toda credibilidad. Y, al responderle nosotras afirmativamente, el relato no se hizo esperar.
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lunes, 4 de enero de 2016

MOMENTOS de la HISTORIA
«Victor Hugo y Notre-Dame de Paris»
Por Pedro J. Navacués Palacio

LA MÁS CELEBRE novela del romanticismo debida a Victor Hugo, “Notre-Dame de París”, fue publicada en 1831, y en ella, además del conocido argumento literario en torno a la bella Esmeralda y al deforme Quasimodo, se perciben las primeras críticas serias a la acción del tiempo, pero, sobre todo, a la de los hombres, sobre los nobles monumentos de otras épocas: «Tempus edax, homo edacior», que el escritor reconoce traducir muy libremente como «El tiempo es ciego; el hombre, estúpido». Con esta corrosiva sentencia como telón de fondo, el escritor francés incluye en su novela un capítulo entero dedicado a la arquitectura de la catedral de París que habitualmente pasa desapercibido para el lector medio, más interesado por el atractivo de la delicada gitana, del jorobado campanero, de Frollo, Gringoire o de la anónima multitud que llena todos los huecos posibles de aquella escena humana, magistralmente concebida por el inmortal escritor.
  
La incomprensión revolucionaria
  
        Sin embargo, aquel capítulo, que podría haberse eliminado sin sufrir merma el interés literario de la obra, pues ningún personaje actúa ni ningún escenario concreto describe, es una de las más tempranas y sentidas defensas de la arquitectura medieval, más allá del mero esteticismo espiritual a lo Chateaubriand. La actitud de Victor Hugo es radicalmente distinta y moderna, pues le interesaba tanto la concreta belleza de Notre-Dame de París como su realidad histórica, sus cicatrices y conservación.
  
        A nuestro poeta le preocupaban las actuaciones llevadas a cabo sobre la noble catedral que, según las palabras iniciales del prefacio, visitaba frecuentemente «con propósito de estudio», poniéndose de manifiesto desde el comienzo una actitud beligerante frente a la incomprensión del arte medieval. Así, en la primera página, critica la pintura dada al edificio (se había blanqueado enteramente en 1804, con motivo de la coronación de Napoleón) y censura el raspado de los muros «porque, de esta manera, se afean desde hace más de doscientos años las maravillosas iglesias de la Edad Media», experimentando «mutilaciones en todas partes, por dentro y por fuera. El sacerdote las embadurna, el arquitecto las rasca y el pueblo, finalmente, las derriba», como había sucedido durante el periodo revolucionario.

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sábado, 2 de enero de 2016

LECTURAS INOLVIDABLES
«El niño tonto», de “Platero y Yo”, de Juan Ramón Jiménez
Selección propuesta por José Antonio Molero

EL NIÑO TONTO

SIEMPRE QUE VOLVÍAMOS por la calle de San José, estaba el niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás.
        Un día, cuando pasó por la calle blanca aquel mal viento negro, no vi ya al niño en su puerta. Cantaba un pájaro en el solitario umbral, y yo me acordé de Curros, padre más que poeta, que, cuando se quedó sin su niño, le preguntaba por él a la mariposa gallega:
  
        “Volvoreta d’aliñas douradas...”
  
        Ahora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que desde la calle de San José se fue al cielo. Estará sentado en su sillita, al lado de las rosas únicas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de los gloriosos.


(Juan Ramón JIMÉNEZ, Platero y yo, Cap. 17, Espasa Calpe, Madrid, 1965.)