lunes, 7 de diciembre de 2015

RUEDA de ESPEJOS
«Inés de Suárez»
Por Diego Carmona Grez*

INÉS DE SUÁREZ nace en Plasencia (Cáceres, España) en 1507. El padre padecía una dolencia estomacal severa que lo tenía postrado en cama y le impedía desempeñar cualquier tipo de trabajo. Esta circunstancia motiva que sean su madre y su abuelo, un artesano ebanista, quienes se encarguen de la crianza de la pequeña.
        Sin haber cumplido todavía los veinte años, Inés contrae matrimonio, en 1526, con Juan de Málaga, un aventurero enfrascado en la conquista de nuevas tierras en la recién descubierta América, de cuyo matrimonio no nacieron hijos, pues Inés era estéril.
En 1528, el marido se embarca con rumbo a Panamá e Inés se queda en España a la espera de alguna notificación de su parte, pero los años pasan sin que Inés tenga de él noticia alguna; sólo en una ocasión recibió un escrito suyo remitido de alguna parte de la actual Venezuela. 
        Por fin, en 1537, consigue una licencia real para viajar a América y reunirse con su marido. Nada más llegar a tierras americanas, Inés se encuentra con la triste noticia del fallecimiento de su cónyuge, muerto en la batalla de las Salinas, un conflicto armado que había enfrentado trágicamente a los conquistadores Pizarro y Almagro por la ciudad de Cuzco. Por ser viuda de un soldado español, Inés recibiría más tarde, en calidad de pensión compensatoria, una pequeña parcela de tierra en el Cuzco, adonde se ella traslada, y una encomienda de sirvientes indígenas. Consciente de su condición de mujer viuda y sin hijos, y con treinta años de edad, Inés, como quien ya no tiene nada que perder, se une a la expedición de conquista que había organizado Pedro de Valdivia (era la única española de la hueste), con quien entabla relaciones, primero de amistad y más tarde amorosas.
        Cuando, a finales del año 1539, Pedro de Valdivia inicia su exploración por tierras de Chile, Inés no duda en acompañarlo. Solicita la correspondiente autorización a Francisco Pizarro, a la sazón comandante jefe de todas las fuerzas expedicionarias españolas, quien se la concede, e Inés se suma al contingente de descubridores. A fin de no escandalizar a los miembros del clero que acompañaban a los exploradores, Inés viaja simulando ser la sirvienta asistente de Valdivia. Desde el primer momento, esta extremeña placentina supo ganarse el respeto y la estima de los miembros de la expedición. Inés de Suárez fue, de hecho, la primera europea que llegó a Chile
Hacia diciembre de 1540, tras once meses de duro viaje, la expedición arriba al valle del río Mapocho, en donde se erige una suerte de ciudadela defensiva, germen, como veremos, de la que luego habrá de constituirse en capital de aquel territorio.
        Con el propósito de demostrar su deseo de paz con los pueblos aborígenes, Pedro de Valdivia envía una embajada con regalos a los caciques locales. Pero, aunque estos aceptaron los presentes, su recelo de los recién llegados no solo no cesó sino que fue creciendo hasta culminar en la formación de una alianza entre ellos, y, liderados por el cacique Michimalonco, lanzan un ataque masivo contra los españoles, embate que no solo fue repelido con éxito sino que los sitiados logran dar captura a siete reyezuelos indígenas. Sobre aquel mismo lugar, 12 de febrero de 1541, se acordó crear una ciudad a la que se le pondría el nombre de Santiago de la Nueva Extremadura a la recién fundada ciudad.
        El 9 de septiembre de ese mismo año, Valdivia abandona la ciudad para sofocar una rebelión de los indígenas cerca de Cachapoal y encomienda el mando y custodia de la ciudad al capitán Alonso de Monroy. Conocedores los indígenas de la ausencia de Valdivia y de la consiguiente disminución de fuerzas defensoras del fuerte, deciden ponerle sitio, atacarlo y apoderarse de él.
        Cuando algunos oficiales plantearon la conveniencia de poner en libertad a los siete caciques como gesto de buena voluntad, Inés pone en juego su influencia y hace convocar un consejo de guerra en el que pone de manifiesto su oposición a tal iniciativa, al considerar que, en caso de ataque, los jefes capturados podrían ser la única posibilidad de pactar una tregua. Solo quedaba resistir y contraatacar.
        Antes del alba del 11 de septiembre, jinetes españoles salieron de la ciudad para enfrentarse a los indígenas, pero estos, muy superiores en número, lograron que el ejército español se batiese en retirada y buscase refugio en la plaza, salvándose de una muerte segura. Los indígenas empiezan a lanzar flechas incendiarias y logran prenderle fuego a buena parte de la ciudad. La situación se tornada cada vez más desesperada.
        Durante el ataque, la labor de Inés había consistido en atender a heridos, además de llevar agua y víveres a los combatientes. Viendo en la muerte de los siete caciques la única esperanza de salvación para los españoles, Inés propone decapitarlos y arrojar sus cabezas entre los indígenas para causar el pánico entre ellos. Pero muchos hombres dan por inevitable la derrota y se oponen al plan, argumentando que mantener con vida a los líderes indígenas era su única baza para sobrevivir. Inés insiste con firmeza en continuar adelante con el plan. Testigos del suceso narran que, al ser preguntada Inés por la manera como debían dar muerte a los prisioneros, esta tomó la espada de un guardia y decapitó ella misma al primero, el caudillo Quilicanta, al tiempo que gritaba: «¡De esta manera!». Y lo mismo hizo con los otros caciques tomados como rehenes, arrojando luego sus cabezas entre los atacantes.
        Hecho esto, sale de la plaza y, delante de los soldados, los anima a continuar luchando. Los españoles, con el ánimo enardecido por la arenga de la mujer, aprovechan el desorden y la confusión que entre los indígenas había provocado ver tiradas por el suelo las cabezas decapitadas de sus caciques, y logran poner en fuga a los atacantes. La valerosa acción de Inés en esta batalla sería reconocida tres años después (1544) por Valdivia, quien la recompensó concediéndole una condecoración.
        Su convivencia con el conquistador duró hasta que Valdivia fue sometido a juicio en Lima, donde fue acusado, entre otros cargos, de mantener una relación extramatrimonial con ella. Valdivia fue obligado a traer a su esposa a América, y, en 1549, comprometió (por su cargo real podía hacerlo) a Inés en matrimonio con el capitán Rodrigo de Quiroga, uno de sus mejores oficiales, que ella asume con dignidad.
         La vida de Inés se tornó en una existencia tranquila, dedicada a las obras de piedad. Las más destacadas fueron su contribución a la construcción del templo de la Merced y la ermita de Montserrat en Santiago de Chile, ciudad en la que fallece en 1580.




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*DIEGO CARMONA GREZ (Málaga, 1988) estudia 2.º curso de Grado en Maestro de Educación Primaria en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.

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