sábado, 7 de noviembre de 2015

RUEDA de ESPEJOS
Albert Schweitzer
Por Rocío Peláez Montañez*



ALBERT SCHWEITZER FUE un médico misionero, además de un prestigioso teólogo y un músico notable. Había nacido en Kaysersberg en 1875, un pueblo pequeño de la Alsacia (por entonces dentro del Imperio Alemán, hoy de Francia), donde vivió una infancia tranquila. Desde pequeño demostró gran sensibilidad y altruismo hacia todas las personas, especialmente por las más necesitadas.
          Siendo todavía un niño de corta edad, mostró un gran interés además de excelentes dotes para la música; le gustaba especialmente tocar el órgano de la capilla en la que su padre era pastor. En 1893, con 18 años de edad, se traslada a París para continuar sus estudios musicales y, al mismo tiempo, inscribirse en la Facultad de Teología, con la finalidad de llegar a ser pastor como su padre.
          En 1905, el joven Schweitzer va a tomar una decisión, tan curiosa como heroica, que cambiará radicalmente el rumbo de su vida. Siempre le había gustado sentirse útil para los demás, de modo que, para el logro de tal propósito, se propone vivir una existencia normal hasta los treinta años y, a partir de ese momento, seguir escrupulosamente las enseñanzas del Evangelio, dedicándose a aliviar los sufrimientos de la humanidad. Pensó que la única forma de realizar lo que pretendía era hacerse médico, así que, al cumplir la edad que se había marcado, estudia Medicina, título que alcanza en 1912. Al año siguiente, en 1913, parte hacia el África Ecuatorial francesa, junto a su joven esposa, lleno de fe y de amor por un pueblo que aún no conocía, pero al que ya estaba dispuesto a ayudar.
          Schweitzer recala en un lugar llamado Lambaréné, un poblado situado en una estrecha isla del río Ogüé, a trescientos kilómetros de la costa. Con él trajo 70 cajas grandes de medicinas e instrumental de cirugía. Y allí, en el corazón del continente negro, comenzó, sin ninguna ayuda, su obra humanitaria.
          Al principio, el hospital era sólo una cabaña donde curaba a los indígenas y los operaba en condiciones casi imposibles, con la ayuda de su mujer. El calor era húmedo y sofocante. El clima tropical descargaba cada tarde una tormenta y la lluvia caía inclemente, sin aportar ningún alivio. Cuando llegaba la noche, el médico estaba exhausto. A las dificultades materiales se unían las creadas por la ignorancia y la superstición de los indígenas: resultaba difícil que siguieran los tratamientos y las normas higiénicas.
          Con la ayuda de algunos misioneros construyó primero un pabellón, y, hacia 1924, gracias a los donativos y al dinero que consiguió ganar dando conciertos en Europa y a los libros de teología que escribió, había levantado un auténtico hospital, adaptado a las peculiares costumbres de sus enfermos. Cada vez acudían más enfermos al hospital, pero el doctor Schweitzer nunca rechazaba a nadie, aunque tuviera problemas de espacio y alimentos. Todo aquel que lo necesitaba, encontraba su ayuda.
          En 1945, terminada la Segunda Guerra Mundial, el hospital de Lambaréné había logrado una merecida fama. Se había convertido en un gran complejo de edificios, rodeados de plantaciones de café, cacao y árboles frutales. Todo ello obra de Albert Schweitzer. Había varios médicos bajo su dirección y un grupo de admirables enfermeras cuidaban de los leprosos.
          Este admirable médico, fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1952 y el mismo año recibió el Nobel de la Paz. Le concedieron el Doctorado Honoris Causa en diversas universidades de todo el mundo. En 1955, la reina Isabel de Reino Unido le impuso la insignia de la Orden del Mérito.
          Albert Schweitzer falleció, en 1965, en su hogar de Lambaréné, sitio al que se sentía vinculado desde que llegó a África, al que amaba entrañablemente y donde se sentía muy a gusto, y allí fue enterrado.

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*ROCÍO PELÁEZ MONTAÑEZ (Málaga, 1992) estudia 2.º de Grado en Maestro de Enseñan¬za Primaria en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. © «Suplementos GIBRALFARO» es una publicación de «GIBRALFARO.uma.es», revista digital que edita el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Málaga y en su redacción colaboran amigos y alumnos nuestros. Málaga, 6 Noviembre 2015.

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